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PEKIN, EL HOMBRE Y LA MUJER
El tema de la Conferencia de Pekín ha sido
sólo es de la mujer, y el hombre estaba allí únicamente
como referencia, e incluso como acusado. Pero el vedadero tema,
desde siempre problemático y profundo, es el de la mujer
y el hombre como un tema único, indisociable. El hombre y
la mujer no son dos seres distintos sino uno solo, que se desdobla
en esas dos maravillosas manifestaciones -nada más maravilloso
en la Creación- que se llama hombre y mujer; ambos tan frágiles
y fugaces y, sin embargo de ellos están pendientes Dios o
los dioses.
En el Génesis bíblico, sobre el principio
de las cosas, que no es universalmente aceptado pero sí lo
es por millones de seres humanos durante siglos y siglos, se dice
así: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza
(luego el hombre es nada más y nada menos que semejanza de
Dios); los creó macho y hembra». Y también dice
que, en el proceso misterioso de la Creación, hizo el primero
al hombre y luego, viendo el Creador que no era bueno que el hombre
estuviera solo (en la Creación no había nada semejante
a él) saco el Credor del costado del primer hombre dormido
a la mujer, que se llamó hembra porque del hombre había
salido.
De esta misteriosa narración -¡y qué
hay en el mundo que no sea misterioso!- se confirma lo que se ha
dicho, que el ser humano no es hombre o mujer separadamente, distintamente,
sino un solo ser que se despobla, sin romper la unidad íntima,
la comunión entre ambos, llamados a convivir en el que es
la procreación.
Pues bien, frente a esa concepción del hombre
y la mujer, no como dioses, que no lo son, sino como hijos de Dios,
que sí lo son, están las denuncias, las acusaciones
y las pruebas que se han aportado en Pekín, no ya sobre los
abusos y la explotación de la mujer en toda la tierra -aunque
especialmente en las zonas más pobres sino de las aberraciones
que no tienen nombre, de monstruosidades que avergüenzan la
condición humana.
Es verdad que el varón ha sufrido durante
siglos la más terrible y despiadada mutilación contra
su ser mismo, contra su más profunda integridad, como es
y ha sido la castración a, a la que se sometía a hombres
y niños para adaptarlos muchas veces a miserables finalidades.
Pero, con todo, la castración no es comparable con lo que
ha sido -especialmente en alguas regiones de la tierra- el «arrasamiento»,cuerpo
de la mujer
Ahora bien, ¿cómo se debe entender
en la vida real, en la necesaria convivencia, la relación
entre dos seres, hombre-mujer, que constituyen el ser humano en
su integridad? Porque aunque no hay que olvidar esas aberraciones,
tampoco hay que hacer tema de ellas, sino tomar conciencia, erradicarlas
y dar a la mujer toda la atención y todo el amor que merece
y necesita y que hay que reconocer que también ha recibido
del hombre, a lo largo de los siglos, desde «El Cantar de
los Cantares» hasta las más bellas manifestaciones
de la poética de todos los tiempos.
Esa convivencia profunda es la clave de na sociedad
fuerte y fértil. Pero, ¿cómo se debe entender
ese equilibrio, o mejor, esa armonía entre dos formas de
ser tan iguales como distintas? Pues bien, a este efecto viene a
mi memoria una sentencia de esa especie de mano de la palabra que
fue Don José Ortega y Gasset, en una conferencia en la que,
haciendo referencia al tema del Imperio Romano, explicó admirablemente
la construcción de lo que fuese esa grandiosa estructura
política que transmitió, con su propia cultura, la
maravilla de la sabiduría helénica, que ésa
sí que está siempre presente en el fondo de la cultura
humana.
Don José Ortega y Gasset habló de todo,
y también de las mujeres romanas, y de ellas dijo, aunque
no se trata de una reproducción literal, lo siguiente: «mientras
las legiones conquistaban por las armas elmundo entonces conocido,
las "matronas" romanas engendraban hijos, regían
severamente la familia, practicaban el culto religioso a los dioses
latinos, transmitían a sus hijos las virtudes heróicas
de los romanos y , en una palabra, velaban por el honor de Roma»,
y Roma quiere decir un determinado, específico y alto sentido
de la vida.
Se dirá que éstas son historias, y
e efecto es así, y que las historias cambian, lo que también
es así, pero lo que pertenece imperturbable es la lección
que la Historia entraña.
El haber planteado, denunciado, condenado y pedido
en Pekín la eliminación de una serie de tabúes,
discriminaciones, vasallajes, pseudo-esclavitudes y denigraciones
que todavía existen en ciertas regiones de la tierra, así
como la comercialización de los cuerpos femeninos -incluidas
niñas- y la violación masiva de las mujeres como legítimo
botín de guerra, es algo admirable, y lo único que
se puede decir de ello es que llega con mucho retraso, y que debe
provocar la inmediata y legítima reacción por parte
de los pueblos llamados civilizados.
Para terminar estas dramáticas reflexiones
sobre Pekín, quiero añadir algo que considero muy
imortante e relación con el papel de la mujer en la sociedad.
Primero, que la mujer no es un drama sino una maravilla; y segundo,
que la mujer es le alma de la familia y que, en términos
generales, tiene una misión suya, específica, que
podemos llamar «maternal». Sin embargo, como está
demostrado, es indudable que también puede realizar prácticamente
todas las actividades hasta ahora monopolizadas por el hombre. Esto
hay que aceptarlo y asumirlo comomo algo positivo. Ahora bien, lo
que debe hacer la mujer es llevar su naturaleza específica
femenina a todas las actividades que ahora está asumiendo,
y no imitar al hombre en ellas, no «repetir» al hombre,
porque es verdad que el hombre y la mujer son iguales, pero gracias
a Dios, no son lo mismo.
Con ello, paralelamente, el hombre tendrá
que asumir -sobre todo en el hogar- actividades hasta ahora consideradas
típicamente femeninas poruqe, si no es bueno que el hombre
estés solo, tampoco lo es que deje sola a la mujer cuando
ella necesite ayuda pero, como se ha dicho, siempre aportando cada
uno su naturaleza específica, en esa doble unidad del ser
humano.
Articulo publicado en ABC, sección Tribuna Abierta, 5 de
Octubre de 1995
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