Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979 Inicio
Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
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Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
 

 

 
 


PEKIN, EL HOMBRE Y LA MUJER

El tema de la Conferencia de Pekín ha sido sólo es de la mujer, y el hombre estaba allí únicamente como referencia, e incluso como acusado. Pero el vedadero tema, desde siempre problemático y profundo, es el de la mujer y el hombre como un tema único, indisociable. El hombre y la mujer no son dos seres distintos sino uno solo, que se desdobla en esas dos maravillosas manifestaciones -nada más maravilloso en la Creación- que se llama hombre y mujer; ambos tan frágiles y fugaces y, sin embargo de ellos están pendientes Dios o los dioses.

En el Génesis bíblico, sobre el principio de las cosas, que no es universalmente aceptado pero sí lo es por millones de seres humanos durante siglos y siglos, se dice así: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (luego el hombre es nada más y nada menos que semejanza de Dios); los creó macho y hembra». Y también dice que, en el proceso misterioso de la Creación, hizo el primero al hombre y luego, viendo el Creador que no era bueno que el hombre estuviera solo (en la Creación no había nada semejante a él) saco el Credor del costado del primer hombre dormido a la mujer, que se llamó hembra porque del hombre había salido.

De esta misteriosa narración -¡y qué hay en el mundo que no sea misterioso!- se confirma lo que se ha dicho, que el ser humano no es hombre o mujer separadamente, distintamente, sino un solo ser que se despobla, sin romper la unidad íntima, la comunión entre ambos, llamados a convivir en el que es la procreación.

Pues bien, frente a esa concepción del hombre y la mujer, no como dioses, que no lo son, sino como hijos de Dios, que sí lo son, están las denuncias, las acusaciones y las pruebas que se han aportado en Pekín, no ya sobre los abusos y la explotación de la mujer en toda la tierra -aunque especialmente en las zonas más pobres sino de las aberraciones que no tienen nombre, de monstruosidades que avergüenzan la condición humana.

Es verdad que el varón ha sufrido durante siglos la más terrible y despiadada mutilación contra su ser mismo, contra su más profunda integridad, como es y ha sido la castración a, a la que se sometía a hombres y niños para adaptarlos muchas veces a miserables finalidades. Pero, con todo, la castración no es comparable con lo que ha sido -especialmente en alguas regiones de la tierra- el «arrasamiento»,cuerpo de la mujer

Ahora bien, ¿cómo se debe entender en la vida real, en la necesaria convivencia, la relación entre dos seres, hombre-mujer, que constituyen el ser humano en su integridad? Porque aunque no hay que olvidar esas aberraciones, tampoco hay que hacer tema de ellas, sino tomar conciencia, erradicarlas y dar a la mujer toda la atención y todo el amor que merece y necesita y que hay que reconocer que también ha recibido del hombre, a lo largo de los siglos, desde «El Cantar de los Cantares» hasta las más bellas manifestaciones de la poética de todos los tiempos.

Esa convivencia profunda es la clave de na sociedad fuerte y fértil. Pero, ¿cómo se debe entender ese equilibrio, o mejor, esa armonía entre dos formas de ser tan iguales como distintas? Pues bien, a este efecto viene a mi memoria una sentencia de esa especie de mano de la palabra que fue Don José Ortega y Gasset, en una conferencia en la que, haciendo referencia al tema del Imperio Romano, explicó admirablemente la construcción de lo que fuese esa grandiosa estructura política que transmitió, con su propia cultura, la maravilla de la sabiduría helénica, que ésa sí que está siempre presente en el fondo de la cultura humana.

Don José Ortega y Gasset habló de todo, y también de las mujeres romanas, y de ellas dijo, aunque no se trata de una reproducción literal, lo siguiente: «mientras las legiones conquistaban por las armas elmundo entonces conocido, las "matronas" romanas engendraban hijos, regían severamente la familia, practicaban el culto religioso a los dioses latinos, transmitían a sus hijos las virtudes heróicas de los romanos y , en una palabra, velaban por el honor de Roma», y Roma quiere decir un determinado, específico y alto sentido de la vida.

Se dirá que éstas son historias, y e efecto es así, y que las historias cambian, lo que también es así, pero lo que pertenece imperturbable es la lección que la Historia entraña.

El haber planteado, denunciado, condenado y pedido en Pekín la eliminación de una serie de tabúes, discriminaciones, vasallajes, pseudo-esclavitudes y denigraciones que todavía existen en ciertas regiones de la tierra, así como la comercialización de los cuerpos femeninos -incluidas niñas- y la violación masiva de las mujeres como legítimo botín de guerra, es algo admirable, y lo único que se puede decir de ello es que llega con mucho retraso, y que debe provocar la inmediata y legítima reacción por parte de los pueblos llamados civilizados.

Para terminar estas dramáticas reflexiones sobre Pekín, quiero añadir algo que considero muy imortante e relación con el papel de la mujer en la sociedad. Primero, que la mujer no es un drama sino una maravilla; y segundo, que la mujer es le alma de la familia y que, en términos generales, tiene una misión suya, específica, que podemos llamar «maternal». Sin embargo, como está demostrado, es indudable que también puede realizar prácticamente todas las actividades hasta ahora monopolizadas por el hombre. Esto hay que aceptarlo y asumirlo comomo algo positivo. Ahora bien, lo que debe hacer la mujer es llevar su naturaleza específica femenina a todas las actividades que ahora está asumiendo, y no imitar al hombre en ellas, no «repetir» al hombre, porque es verdad que el hombre y la mujer son iguales, pero gracias a Dios, no son lo mismo.

Con ello, paralelamente, el hombre tendrá que asumir -sobre todo en el hogar- actividades hasta ahora consideradas típicamente femeninas poruqe, si no es bueno que el hombre estés solo, tampoco lo es que deje sola a la mujer cuando ella necesite ayuda pero, como se ha dicho, siempre aportando cada uno su naturaleza específica, en esa doble unidad del ser humano.

Articulo publicado en ABC, sección Tribuna Abierta, 5 de Octubre de 1995


 

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