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QUEVEDO Y LA MUERTE
Conoció las letras muertas, el latín
y el griego a la perfección; conoció el francés
como un francés; el italiano como un italiano y el español
mejor que nadie. El domino del italiano le libró de la muerte
cuando la conjuración de Venecia (para probar si era o no
veneciano le hicieron pronunciar una difícil palabra dialectal,
cosa que hizo sin dificultad).Conocía tambíen el árabe
y estudió la teología sagrada, derecho civil y canónigo,
ciencias, matemáticas, astronomía, medicina y filosofía
natural, la moral y la política. EStaba versado en la literatura
italiana, francesa e inglesa. Hablaba y entendía la germanía
y el caló.
Vivió todas las vidas que se pueden vivir.
Estuvo en los aledaños del Poder, en el destierro y dentro
de las cárceles; conoció la fama y la difamación.
Gozó de la privanza del Duque de Osuna, primero en Sicilia,
luego de virrey en Nápoles, y cayó en su caída.
Pero cuando murió Osuna le muestra desmesurada y admirablemente
su gratitud: "Faltar pudo a su Patria el grande Osuna / pero
no a su defensa sus hazañas / diéronle muerte y cárcel
las Españas / de quien él hizo esclava la fortuna".
Así empieza el famoso soneto que en el primer tercetto dice
nada menos que: "El llanto militar creció en diluvio..."
"¿Por qué nunca se ha de decir
lo que se siente? / ¡Siempre se ha de sentir lo que se dice!"...
El dijo lo que le dio la real gana. Su dominio del idioma es tiránico;
hace con él lo que quiere: metafísica, moral, elogios,
epitafios, túmulos, rimas amorosas -muchas-, rimas satíricas
-muchísimas-, jácaras, bailes -género propio-,
poemas heróicos, novelas, teatro, y en todo sacó sobresaliente,
y eso que él no era una isla, formaba parte de un archipiélago
en donde había gente como Fray Luis de León, Herrera,
Lope de Vega, Góngora. Es curioso notar que, cuando muere
Cervantes, Quevedo y sus contemporáneos ignoran la muerte
del inventor de esa criatura inmortal-universal que se llamó
Don Quijote de la MAncha.
Quevedo, que había nacido en buena cuna, tomó
el hábito de Santiago y fue señor de la Torre de Juan
Abad. En su vida desarreglada no hubo nunca una Laura ni una Beatriz.
Se casó con doña Esperanza de Aragón, pero
no parece que fue un matrimonio de amo; al poco tiempo de casado
Quevedo se marchó a la Torre de Juan Abad y allí se
enteró de que era viudo. Pero debió conocer bien -por
lo que resuena en sus versos y en su prosa- las mujeres fáciles
y los prostíbulos. Para las mujerres era hombre de buen diente;
las conoció desde "la princesa altiva a la que pesca
mi ruin barca". De las del pueblo de la Torre de Juan Abad
dice: " Las mujeres de esta tierra / tienen muy poco artificio
/ mas son de lo que las otras / y me saben a lo mismo." Pero
matiza: "Buenas son estas sayazas / y estas faldas de cilicio
/ donde es el gusto más fácil / y el deleite menos
rico".
Vivió la vida y cada instante de ella, y sintió
como la fluidez de cada momento lleva a la muerte. EStuvo preso
-que es una muerte en vida- en épocas sucesivas ctorce años
y medio, y estuvo desterrado en la villa de Torre Juan de Abad más
de tres años. por eso le gustaba leer a Job y aprendió
el hebreo para leerlo en su propio sentido, porque Job para liberarse
de la avalancha de todos los males, con los que Yahvé, su
Dios, le estaba probando, no es ya que quisiera morir, es que quisiera
no haber nacido: "Pereza el día en que nací /
y la noche en que se dijo: un varón ha sido concebido".
Job, a los ojos de Yahvé, en el extraño diálogo
que tiene con Satán, le dice a este: "¿No te
has fijado en mi siervo Job? ¡no hay nadie como él
en la tierra! Es un hombre cabal y recto que teme a Dios y se aparta
del mal"
Pero Job, en sus desgarrantes, vacilante, misteriosos
discursos con sus amigos-enemigos, llega a pensar en que su justicia
es "suya" y no un don de Dios. Se rebela sin llegar a
rebelar y, sin querer contender con Dios, contiende: "Todavía
mi queja es una rebelión / su mano pesa sobre mi gemido /
¿Quién me diera saber encontrarle / poder llegar a
su morada / Un proceso abriría delante de él / llenaría
mi boca de argumentos / ...Reconocería en su adversario un
hombre recto / y yo me libraría de mi juez para siempre."
Job se enfrenta con el problema del bien y del mal; ve al injusto
gozar pacíficamente de sus bienes y ve cómo padece
el que busca la justicia, y eso le turba, como ha turbado siempre
y ha socavado la fe de tantas gentes.
Pero Quevedo no se considera justo sino pecador.
En una carta a la Infanta sor Margarita le dice que ruegue por él,
porque le "roen la conciencia sus pecados", y en la inclinación
del pecado ve cómo éste se desliza hacia la fosa dela
muerte: "Cómo entre mis manos te resbalas / ¡oh
cómo te deslizas edad mía ! / qué mudos pasos
traes, ¡oh muerte fría!, que con callados pies todo
lo horadas." E increpa a la muerte con estas palabras: "
¡Oh condición mortal, oh dura suerte! " Y parafraseando
"¿Ah del castillo, abran las puertas!..." él
dirá : "¡Ah de la vida!, ¿nadie me responde?
/ ...Falta la vida, asiste lo vivido / y no hay calamidad que no
me ronde. / Ayer se fue, y una será, y un ees cansado."
Y como agua derramada dirá también:
"Miré los muros de la patria mía / si un tiempo
fuertes, ya desmoronados / de la carrera de la edad cansados...Entré
en mi casa, vi que amacillada, de anciana habitación eran
despojos mi báculo más corvo y menos fuerte / vencida
de la edad sentí mi espalda / Y no hallé cosa en que
poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte. " Pero
no es un desesperado ante la muerte, eso nunca. En los fabulosos
tercetos del soneto -que es una de las mayores proezas de la lengua
castellana- "Amor constante más allá de la muerte",
le dice a ésta: "Alma a quién un Dios prisión
ha sido/ venas que humor a tanto fuego han dao / médulas
que han gloriosamente ardido / su cuerpo dejarán, no su cuidado
/ serán ceniaz, mas tendrán sentido / polvo serán,
mas polvo enamorado." Que recuerdan las palabras de San Pablo:
"¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?
¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?"
Quevedo ha sufrido mucho en su carne y en alma, pero
su ánimo ha quedado entero. Enl a cárcel de San Marcos,
encerrado por la envidia y la mentira, tiene dos apostemas en el
pecho que se le gangrenan. Estuvo promero bien alojado, pero luego
en un sótano húmedo y frío, donde dice "siempre
parece enero". A su fiel amigo, Adán de la Parra, le
cuenta su plan de vida, si se puede llamar vida a la que está
viviendo: "A las siete me visto, luego me pongo a contemplar
a Dios hasta las ocho. Después del desayuno, leo. De diez
a once, rezo; de once a doce, leo; a las doce, la comida -siempre
acompañado por un benignísimo religioso que me envía
compasivamente el obispo de León- después de comer
doy gracias a Dios por sus beneficios; luego vuelvo a leer; a la
tarde, medito de nuevo, después de mi meditación formamos
con algunos religiosos de San Marcos una especie de academia; luego
ceno; de nuevome recojo, y a las diez y media, leo; a las doce de
media noche, vuelvo a rezar; luego me acuesto y a las siete me levanto."
Seis meses después de la muerte del conde
Duque pasa a la Torre de Juan Abad, en el campo de Montiel, campo
de Calatrava, ondulado de viñas, olivos y tierras de pan
llevar, donde Beltrán Duguesclin quitó y puso rey,
y desde donde se divisa la Sierra Morena, en la que Don Quijote
hizo sus grandes penitencias. Pero se encuentra mal: "...que
ahora estoy tal que el habla me duele y la sombra me pesa."
En la Torre no hay quien le asista y pasa a Villanueva de losInfantes,
y al poco de llegar, para estar allí más atendido,
pide trasladarse al convento de dominicos, donde va a morir, dice:
"Que Dios me mire en la cara de Jesucristo". En el Salmo
83 había leído: "¡Oh Dios escudo nuestro!,
mira / pon tus ojos en el reçstro de tu ungido." Así
murió don Francisco de Quevedo, como un hombre que hizo cara
a la vida y cara a la muerte.
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