Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979 Inicio
Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
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Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
 

 

 
 


QUEVEDO Y LA MUERTE

Conoció las letras muertas, el latín y el griego a la perfección; conoció el francés como un francés; el italiano como un italiano y el español mejor que nadie. El domino del italiano le libró de la muerte cuando la conjuración de Venecia (para probar si era o no veneciano le hicieron pronunciar una difícil palabra dialectal, cosa que hizo sin dificultad).Conocía tambíen el árabe y estudió la teología sagrada, derecho civil y canónigo, ciencias, matemáticas, astronomía, medicina y filosofía natural, la moral y la política. EStaba versado en la literatura italiana, francesa e inglesa. Hablaba y entendía la germanía y el caló.

Vivió todas las vidas que se pueden vivir. Estuvo en los aledaños del Poder, en el destierro y dentro de las cárceles; conoció la fama y la difamación. Gozó de la privanza del Duque de Osuna, primero en Sicilia, luego de virrey en Nápoles, y cayó en su caída. Pero cuando murió Osuna le muestra desmesurada y admirablemente su gratitud: "Faltar pudo a su Patria el grande Osuna / pero no a su defensa sus hazañas / diéronle muerte y cárcel las Españas / de quien él hizo esclava la fortuna". Así empieza el famoso soneto que en el primer tercetto dice nada menos que: "El llanto militar creció en diluvio..."

"¿Por qué nunca se ha de decir lo que se siente? / ¡Siempre se ha de sentir lo que se dice!"... El dijo lo que le dio la real gana. Su dominio del idioma es tiránico; hace con él lo que quiere: metafísica, moral, elogios, epitafios, túmulos, rimas amorosas -muchas-, rimas satíricas -muchísimas-, jácaras, bailes -género propio-, poemas heróicos, novelas, teatro, y en todo sacó sobresaliente, y eso que él no era una isla, formaba parte de un archipiélago en donde había gente como Fray Luis de León, Herrera, Lope de Vega, Góngora. Es curioso notar que, cuando muere Cervantes, Quevedo y sus contemporáneos ignoran la muerte del inventor de esa criatura inmortal-universal que se llamó Don Quijote de la MAncha.

Quevedo, que había nacido en buena cuna, tomó el hábito de Santiago y fue señor de la Torre de Juan Abad. En su vida desarreglada no hubo nunca una Laura ni una Beatriz. Se casó con doña Esperanza de Aragón, pero no parece que fue un matrimonio de amo; al poco tiempo de casado Quevedo se marchó a la Torre de Juan Abad y allí se enteró de que era viudo. Pero debió conocer bien -por lo que resuena en sus versos y en su prosa- las mujeres fáciles y los prostíbulos. Para las mujerres era hombre de buen diente; las conoció desde "la princesa altiva a la que pesca mi ruin barca". De las del pueblo de la Torre de Juan Abad dice: " Las mujeres de esta tierra / tienen muy poco artificio / mas son de lo que las otras / y me saben a lo mismo." Pero matiza: "Buenas son estas sayazas / y estas faldas de cilicio / donde es el gusto más fácil / y el deleite menos rico".

Vivió la vida y cada instante de ella, y sintió como la fluidez de cada momento lleva a la muerte. EStuvo preso -que es una muerte en vida- en épocas sucesivas ctorce años y medio, y estuvo desterrado en la villa de Torre Juan de Abad más de tres años. por eso le gustaba leer a Job y aprendió el hebreo para leerlo en su propio sentido, porque Job para liberarse de la avalancha de todos los males, con los que Yahvé, su Dios, le estaba probando, no es ya que quisiera morir, es que quisiera no haber nacido: "Pereza el día en que nací / y la noche en que se dijo: un varón ha sido concebido". Job, a los ojos de Yahvé, en el extraño diálogo que tiene con Satán, le dice a este: "¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡no hay nadie como él en la tierra! Es un hombre cabal y recto que teme a Dios y se aparta del mal"

Pero Job, en sus desgarrantes, vacilante, misteriosos discursos con sus amigos-enemigos, llega a pensar en que su justicia es "suya" y no un don de Dios. Se rebela sin llegar a rebelar y, sin querer contender con Dios, contiende: "Todavía mi queja es una rebelión / su mano pesa sobre mi gemido / ¿Quién me diera saber encontrarle / poder llegar a su morada / Un proceso abriría delante de él / llenaría mi boca de argumentos / ...Reconocería en su adversario un hombre recto / y yo me libraría de mi juez para siempre." Job se enfrenta con el problema del bien y del mal; ve al injusto gozar pacíficamente de sus bienes y ve cómo padece el que busca la justicia, y eso le turba, como ha turbado siempre y ha socavado la fe de tantas gentes.

Pero Quevedo no se considera justo sino pecador. En una carta a la Infanta sor Margarita le dice que ruegue por él, porque le "roen la conciencia sus pecados", y en la inclinación del pecado ve cómo éste se desliza hacia la fosa dela muerte: "Cómo entre mis manos te resbalas / ¡oh cómo te deslizas edad mía ! / qué mudos pasos traes, ¡oh muerte fría!, que con callados pies todo lo horadas." E increpa a la muerte con estas palabras: " ¡Oh condición mortal, oh dura suerte! " Y parafraseando "¿Ah del castillo, abran las puertas!..." él dirá : "¡Ah de la vida!, ¿nadie me responde? / ...Falta la vida, asiste lo vivido / y no hay calamidad que no me ronde. / Ayer se fue, y una será, y un ees cansado."

Y como agua derramada dirá también: "Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados / de la carrera de la edad cansados...Entré en mi casa, vi que amacillada, de anciana habitación eran despojos mi báculo más corvo y menos fuerte / vencida de la edad sentí mi espalda / Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte. " Pero no es un desesperado ante la muerte, eso nunca. En los fabulosos tercetos del soneto -que es una de las mayores proezas de la lengua castellana- "Amor constante más allá de la muerte", le dice a ésta: "Alma a quién un Dios prisión ha sido/ venas que humor a tanto fuego han dao / médulas que han gloriosamente ardido / su cuerpo dejarán, no su cuidado / serán ceniaz, mas tendrán sentido / polvo serán, mas polvo enamorado." Que recuerdan las palabras de San Pablo: "¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?"

Quevedo ha sufrido mucho en su carne y en alma, pero su ánimo ha quedado entero. Enl a cárcel de San Marcos, encerrado por la envidia y la mentira, tiene dos apostemas en el pecho que se le gangrenan. Estuvo promero bien alojado, pero luego en un sótano húmedo y frío, donde dice "siempre parece enero". A su fiel amigo, Adán de la Parra, le cuenta su plan de vida, si se puede llamar vida a la que está viviendo: "A las siete me visto, luego me pongo a contemplar a Dios hasta las ocho. Después del desayuno, leo. De diez a once, rezo; de once a doce, leo; a las doce, la comida -siempre acompañado por un benignísimo religioso que me envía compasivamente el obispo de León- después de comer doy gracias a Dios por sus beneficios; luego vuelvo a leer; a la tarde, medito de nuevo, después de mi meditación formamos con algunos religiosos de San Marcos una especie de academia; luego ceno; de nuevome recojo, y a las diez y media, leo; a las doce de media noche, vuelvo a rezar; luego me acuesto y a las siete me levanto."

Seis meses después de la muerte del conde Duque pasa a la Torre de Juan Abad, en el campo de Montiel, campo de Calatrava, ondulado de viñas, olivos y tierras de pan llevar, donde Beltrán Duguesclin quitó y puso rey, y desde donde se divisa la Sierra Morena, en la que Don Quijote hizo sus grandes penitencias. Pero se encuentra mal: "...que ahora estoy tal que el habla me duele y la sombra me pesa." En la Torre no hay quien le asista y pasa a Villanueva de losInfantes, y al poco de llegar, para estar allí más atendido, pide trasladarse al convento de dominicos, donde va a morir, dice: "Que Dios me mire en la cara de Jesucristo". En el Salmo 83 había leído: "¡Oh Dios escudo nuestro!, mira / pon tus ojos en el reçstro de tu ungido." Así murió don Francisco de Quevedo, como un hombre que hizo cara a la vida y cara a la muerte.

 


 

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