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LA DIGNIDAD DE LA PERSONA
Cuando se proclama la dignidad de la persona humana
se está recordando y alertando del peligro de la indignidad.
Si este peligro no tuviera tanta realidad, tanta exigencia, no sería
necesario, no tendría sentido ese gran llamamiento de alarma.
La iglesia católica y prácticamente
todas las iglesias que merezcan este nombre no hacen otra cosa que
recordar al hombre su dignidad entre todas las criaturas de la creación;
en eso, las religiones y las iglesias, tan distintas y distantes
comu puedan ser, son unánimes.
En la católica, no sólo a Dios se le
llama «Padre Nuestro», sino que se proclama que el ser
humano no es sólo hijo de Dios, sino que esa filiación
está echa «a su imagen y semenjanza». No cabe
mayor ni más alto parentesco ni u origen más digno
del linaje humano, creado libre, que es la mayor semejanza con el
Padre, porque sin libertad la raza humana se acercaría a
las especies animales. Pero lo que hay que destacar como novedad
es el reconocimiento de esa dignidad radical del género humano,
por parte de los poderes laicos, que ha tenido lugar ya en nuestro
siglo.
En el texto de la Declaración Universal de
los Derechos del hombre de 1948, se afirma: «La dignidad de
la vida de la persona humana» y el «reconociemiento
de la dignidad intrínseca...de todos los miembros de la familia
humana, como base de la libertad, de la justicia, de la paz y de
los derechos humanos».
Y en la misma Declaración, el artículo
primero tiene también ese sentido: «Todos los seres
humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados
como están de razón y conciencia, deben comportarse
fraternalmente unos con otros».
Al contemplar estas declaraciones no hay que olvidar
que la vigencia execrable de la esclavitud ha regido en la Humanidad
durante siglos y siglos, que se adentran en el oscuro fondo de los
tiempos, y que hasta el siglo XVIII, los barcos pestilentes de la
trata de negros africanos cruzaban regualrmente el Atlántico.
Es verdad que bastante antes de la erradicación de la esclavitud,
la moral religiosa y cultural había humanizado mucho la barbarie
del sistema, pero siguió en formas atenuadas en las razas
negras y hoy en la exploatación y prostitución de
mujeres y niños.
No hay que olvidar tampoco que la prohibición
de matar es tan antigua como el hombre. Caín y Abel, los
primeros hombres nacidos en una tierra ya hostil, inauguran la muerte
del hombre en manos de otro hombre, su hermano, y esa sangre, que
mancha toda la tierra, es la que clama al cielo. Todo hombre que
mata a otro, mata a su hermano.
No hay que matar, ése es el alto Mandamiento;
pero se mata en las guerras, aun en las justas; no hay que matar,
pero la pena de muerte ha regido en todas las naciones de la tierra,
incluso en los llamados Estados Vaticanos, y subsiste ampliamente
en los Estados de civilización no occidental, y en ésta,
en el más avanzado de todos ellos, los Estados Unidos de
América.
El hombre no es un ser para la muerte, aunque haya
ciertas filosofías que lo proclamen, sino para la vida; y
no sólo para la vida terrenal sino para la eterna. Pero el
riesgo de muerte no natural acecha a todos los nacidos de mujer,
e incluso a los no nacidos. Si es difícil justificar la muerte
del nacido, aun culpable, la muerte de una vida germinal, naciente,
en la que no cabe culpa propia alguna -que de existir, existiría
en los padre- clama al cielo. Pero parece que seguirá clamando
mientras a este acto de dar muerte, se le llame vanalmente «interrupcción
del embarazo», lo que es una corrupción del lenguaje
y de la vida y la muerte.
Pero en los tiempos que corren nada más extendido
que esa indignidad de la «corrupción». Esa apropiación
de los caudales públicos, esa puesta en venta de las situaciones
privilegiadas, ese tráfico de influencias, ese convertir
la competencia -base de la economía libre- en un mercado
de soborno; todo eso y mucho más que no cabe en estas líneas,
es corrupción.
Ahora bien, todo eso, que es verdad si se presenta
como figura de lo que es el conjunto de la vida política,
económica y social de España, se convierte en falso.
Por muchos que sean los corruptos es infinitamente mayor la dignidad
de España y de los españoles. El antiguo y noble nombre
del famoso caballero medieval Rolando se puede prostituir, pero
nadie, absolutamente nadie puede cambiar y oscurecer el conjunto
de la Historia de España, noble y limpia, humanamente hablando.
Entonces, ¿qué hacer? Pues hay que
hacer justicia, sin duda alguna. Pero esa justicia no la puede ni
la debe hacer la política; eso corresponde, de los tres poderes
del Estado exclusivamente al Poder Judicial. ¿Cómo?
Esa famosa expresión de un general ante el momento de una
guerra inevitable: «lo que hay que hacer hay que hacerlo pronto»,
sirve para este caso.
Hay que hacer justicia pronto. La justicia, dando
a cada uno lo suyo, restablece la paz, la confianza, el honor. La
Justicia no reconoce la política, pero sí que el tiempo
y el destiempo forman parte de ella.
Es el gran momento de la Justicia española,
por su competencia, su tradicional independencia, su sentido del
deber. Devolver a los españoles la conciencia de la dignidad
es algo que corresponde a todos, pero que está principalmente
en sus manos.
La política no es una técnica; las
técnicas son especialidades ya la verdadero político
nada humano le puede ser ajeno. La política tiene que trabajr
en esa misteriosa dicotomía entre el mal y el bien, en la
que se mueve el hombre desde que nace hasta que muer.No hay técnicas
del bien y del mal, pero esas dos categorías humanas, muy
humanas, rigen en esta vida y la otra. Es terrible para la juventud
el mal ejemplo de las corrupciones triunfantes.
Publicado en
ABC, 4 de Octubre de 1994
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