Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979 Inicio
Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
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Retrato de Don Antonio pintado por Macarrón en 1979
 

 

 
 


LA DIGNIDAD DE LA PERSONA

Cuando se proclama la dignidad de la persona humana se está recordando y alertando del peligro de la indignidad. Si este peligro no tuviera tanta realidad, tanta exigencia, no sería necesario, no tendría sentido ese gran llamamiento de alarma.

La iglesia católica y prácticamente todas las iglesias que merezcan este nombre no hacen otra cosa que recordar al hombre su dignidad entre todas las criaturas de la creación; en eso, las religiones y las iglesias, tan distintas y distantes comu puedan ser, son unánimes.

En la católica, no sólo a Dios se le llama «Padre Nuestro», sino que se proclama que el ser humano no es sólo hijo de Dios, sino que esa filiación está echa «a su imagen y semenjanza». No cabe mayor ni más alto parentesco ni u origen más digno del linaje humano, creado libre, que es la mayor semejanza con el Padre, porque sin libertad la raza humana se acercaría a las especies animales. Pero lo que hay que destacar como novedad es el reconocimiento de esa dignidad radical del género humano, por parte de los poderes laicos, que ha tenido lugar ya en nuestro siglo.

En el texto de la Declaración Universal de los Derechos del hombre de 1948, se afirma: «La dignidad de la vida de la persona humana» y el «reconociemiento de la dignidad intrínseca...de todos los miembros de la familia humana, como base de la libertad, de la justicia, de la paz y de los derechos humanos».

Y en la misma Declaración, el artículo primero tiene también ese sentido: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente unos con otros».

Al contemplar estas declaraciones no hay que olvidar que la vigencia execrable de la esclavitud ha regido en la Humanidad durante siglos y siglos, que se adentran en el oscuro fondo de los tiempos, y que hasta el siglo XVIII, los barcos pestilentes de la trata de negros africanos cruzaban regualrmente el Atlántico. Es verdad que bastante antes de la erradicación de la esclavitud, la moral religiosa y cultural había humanizado mucho la barbarie del sistema, pero siguió en formas atenuadas en las razas negras y hoy en la exploatación y prostitución de mujeres y niños.

No hay que olvidar tampoco que la prohibición de matar es tan antigua como el hombre. Caín y Abel, los primeros hombres nacidos en una tierra ya hostil, inauguran la muerte del hombre en manos de otro hombre, su hermano, y esa sangre, que mancha toda la tierra, es la que clama al cielo. Todo hombre que mata a otro, mata a su hermano.

No hay que matar, ése es el alto Mandamiento; pero se mata en las guerras, aun en las justas; no hay que matar, pero la pena de muerte ha regido en todas las naciones de la tierra, incluso en los llamados Estados Vaticanos, y subsiste ampliamente en los Estados de civilización no occidental, y en ésta, en el más avanzado de todos ellos, los Estados Unidos de América.

El hombre no es un ser para la muerte, aunque haya ciertas filosofías que lo proclamen, sino para la vida; y no sólo para la vida terrenal sino para la eterna. Pero el riesgo de muerte no natural acecha a todos los nacidos de mujer, e incluso a los no nacidos. Si es difícil justificar la muerte del nacido, aun culpable, la muerte de una vida germinal, naciente, en la que no cabe culpa propia alguna -que de existir, existiría en los padre- clama al cielo. Pero parece que seguirá clamando mientras a este acto de dar muerte, se le llame vanalmente «interrupcción del embarazo», lo que es una corrupción del lenguaje y de la vida y la muerte.

Pero en los tiempos que corren nada más extendido que esa indignidad de la «corrupción». Esa apropiación de los caudales públicos, esa puesta en venta de las situaciones privilegiadas, ese tráfico de influencias, ese convertir la competencia -base de la economía libre- en un mercado de soborno; todo eso y mucho más que no cabe en estas líneas, es corrupción.

Ahora bien, todo eso, que es verdad si se presenta como figura de lo que es el conjunto de la vida política, económica y social de España, se convierte en falso. Por muchos que sean los corruptos es infinitamente mayor la dignidad de España y de los españoles. El antiguo y noble nombre del famoso caballero medieval Rolando se puede prostituir, pero nadie, absolutamente nadie puede cambiar y oscurecer el conjunto de la Historia de España, noble y limpia, humanamente hablando.

Entonces, ¿qué hacer? Pues hay que hacer justicia, sin duda alguna. Pero esa justicia no la puede ni la debe hacer la política; eso corresponde, de los tres poderes del Estado exclusivamente al Poder Judicial. ¿Cómo? Esa famosa expresión de un general ante el momento de una guerra inevitable: «lo que hay que hacer hay que hacerlo pronto», sirve para este caso.

Hay que hacer justicia pronto. La justicia, dando a cada uno lo suyo, restablece la paz, la confianza, el honor. La Justicia no reconoce la política, pero sí que el tiempo y el destiempo forman parte de ella.

Es el gran momento de la Justicia española, por su competencia, su tradicional independencia, su sentido del deber. Devolver a los españoles la conciencia de la dignidad es algo que corresponde a todos, pero que está principalmente en sus manos.

La política no es una técnica; las técnicas son especialidades ya la verdadero político nada humano le puede ser ajeno. La política tiene que trabajr en esa misteriosa dicotomía entre el mal y el bien, en la que se mueve el hombre desde que nace hasta que muer.No hay técnicas del bien y del mal, pero esas dos categorías humanas, muy humanas, rigen en esta vida y la otra. Es terrible para la juventud el mal ejemplo de las corrupciones triunfantes.

Publicado en ABC, 4 de Octubre de 1994

 


 

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