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LA AVENTURA DE ISRAEL
Mandamiento de Abraham.
Yahvé-Dios dijo a Abraham: «Vete de tu tierra y de
tu patria, y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré.
De ti haré una nación grande y te bendiciré.
Engrandeceré tu nombre, que servirá de bendición.
Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los
que te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de
la tierra» (Gen. 12,1). Abraham salió de Ur de los
caldeos y marchó a la tierra que Yahvé le había
de mostrar. Esta tierra era Palestina. Era -y es- una franja estrecha
de territorio fértil entre el Mediterranéo y el desierto.
Constituía -y constituye- la vía de comunicación
territoril entre Asia y Africa.
La tierra prometida a los israelitas y judíos.
Por entonces estaban los cananeos en el país. Yahvé
se le apareció a Abraham y le dijo: «A tu descendencia
he de dar esta tierra». Abraham engendró a Isaac. Isaac
engendró a Jacob. A este se le apareció Dios, le bendijo
y le dijo: «Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás
Jacob sino que tu nombre será Israel». Y le llamó
Israel y sus descendientes fueron llamados israelitas. La etimología
y el sentido del nombre son difíciles de establecer. La más
popular es la de «el que luchó con Dios». También
se ha propuesto -basándose en la significación que
esta palabra tiene en la lengua hebrea- la significación
de «el que vió a Dios». Como nombre gentilicio
se da en el Antiguo Testamento a la confederación de las
doce tribus, basada no sólo lazos de sangre o políticos,
sino sobre todo en la voluntad teológica de adorar al Dios
único, Yahvé bajo la Ley y los preceptos que recibió
Moisés en su desierto del Sinaí. En la literatura
del exilio y de la época posterior a éste, el nombre
de Israel es suplantado por el de Judá, y los miembros de
ese pueblo nacido en el exilio de Babilonia, se llamarán
judaítas, es decir, judíos.
Egipto tierra extraña.
Abraham llega a la tierra de Canaán -que posteriormente se
llamaría Palestina- hacia el año 2000 a.C. Los patriarcas
-Jacob, nieto de Abraham, y sus doce hijos- se establecen en Egipto
hacia el año 1700 a.C., y sus descendientes permanecen en
«tierra extraña», esclavizados, unos cuatrocientos
años. En Egipto, el pueblo de Israel toma cuerpo y conciencia
de su identidad, manteniedo la fe monoteísta de Abraham frente
a la multitud de dioses egipcios. El éxodo, la liberación
por Moisés de la esclavitud egipcia, tiene lugar entre 1250
y 1225 y, después de cuarenta años por el desierto
del Sinaí -donde se producirían los acontenciminetos
que marcarán indeleble al pueblo hebreo- Josué, al
frente de los supervivientes y descendientes de los israelitas que
atravesaron el Mar de las Cañas a pie enjuto, invaden Palestina
- pasando el Jordán también a pie enjuto- entre 1220
y 1200, más o menos la época de la mítica Guerra
de Troya.
La conquista de la tierra prometida.
Después de unos quinientos años, los israelitas crecidos
y multiplicados grandemente, están de nuevo en Palestina,
tierra prometida, la tierra que mana leche y miel. Pero ahora, no
como pastores nómadas sino como un éjercito que, para
establecerse, tiene que vencer y desplazar al enjambre de pueblos
que la ocupan (el capitulo XII del libro de Josué los detalla
minuciosamente, pero los nombre hoy no nos dicen nada). Es una lucha
cruenta e interminable, sobre todo contra los «pueblos del
mar», los filisteos, de donde deriva el nombre de Palestina.
Los «pueblos del mar» vinieron de islas occidentales,
rechazados por los egipcios y se asentaron en las tierras de Canaán.
Fueron seguramente los últimos llegados.
David y Salomón.
A partir de entonces, las visicitudes y los avatares del pueblo
de Israel en tierra Palestina, son incontables e insondables, como
una de las páginas más profundas y misteriosas de
la historia de la humanidad. El momento estelar lo alcanza con los
reyes David y Salomón, dos personajes en los que la gracia
y los dones de Dios se derraman en forma desbordante. De la estirpe
de David nacerá la esperanza de Israel que los judíos
no reconocieron, el Mesías, el que vino en nombre del Señor,
el Hijo de Dios. Nace así en el viejo tronco judío
un injerto que al final de los tiempos se convertirá en un
único olivo de paz.
La división del Reino.
A la muerte de Salomón, el reino se divide en dos; Judá
se llamará el reino del sur e Israel del del norte. Ambos
reinos vivirán acosados por sus poderosos vecinos: siria,
Babilonia, Egipto. Padecerán también las consecuencias
de sus mutuas desavenencias. El reino de Judá tendrá
por caiptal Jerusalén y el de Israel, Samaria. Este último,
el del norte, será destruido por Asiria en el año
722, y el del sur desaparecerá como reino en el año
587 a manos de Nabucodonosor. El templo, construido por Salomón,
será incendiado, y con él habrá desparcido
el centro espiritual del pueblo judío. Pero el tiempo del
destierro es la época de los profetas, que darán al
pueblo hebreo el mayor tesoro espiritual y poético de su
historia y de la historia de la humanidad.
El regreso a la patria de Judá.
Cuando a partir del año 538 comiencen a volver a Babilonia
los judíos exiliados en 587 y sus descendientes, en Judá
no se restablecerá la situación anterior al destierro;
quiere decirse que estarán a merced de los persas primero,
de la Grecia de Alejandro Magno y de sus sucesores después
y, finalmente, de Roma.
Los romanos.
Con la llegada de los romanos, el reino de los judíos en
la tierra prometida va a desaparecer de la Historia durante casi
veinte siglos. Desde antes del nacimiento de Cristo y después
de Él, los romanos se harán presentes en Palestina
a través de una serie de procuradores, uno de los cuales
-Poncio Pilat- condenó a Jesucristo a la crucifixión.
Pero la mala administración romana y el espiritu insobornable
del pueblo judío provocaron constantes revueltas y disturbios.
Estos lleegaron a ser tan graves que, enel año 67, Vespasiano,
el futuro Emperador, hubo de llegar a Palestina con su hijo Tito,
con unas fuerzas de unos 67.000 hombres.
La destrucción del templo.
La diáspora. Galilea y Judea fueron conquistadas en tres
campañas que terminaron con la caída de Jerusalén
en el año 70. El Templo, reedificado después de la
terminación del exilio de Babilonia, fue destruido de nuevo
y así ha permanecido hasta nuestros días. Bajo el
nombre de Judea, la Palestina israelita se convirtión en
una provincia romana. En aquel momento, la diáspora -que
fue siempre un fenómeno típicamentejudío, mucho
antes de la toma de Jerusalén- se hace masiva. Parecía
que el misterioso vínculo entre el pueblo de Israel y la
«tierra prometida» quedaba roto para siempre. Con la
gran Diáspora, el pueblo de OIsrael se desparrama por todo
el orde, convirtiéndose en un pueblo peregrino, más
o menos incorporado a los más diversos países y civilizaciones,
pero sin perder nunca su identidad y con la nostalhia de una Jerusalén
mitad real mitad idea. Por el retorno a Sión, el pueblo judío
esparcido por todo el mundo, ha estado elevando sus preces tres
veces al día. Ahora están en Jerusalén sin
templo, cuyo contrafuerte sirve de «muro de las lamentaciones»
para los judíos piadosos que esperan siempre la salvación
que viene de Dios y que no está encarnado en el Nazareno,
en Jesús, en Cristo, el Hijo de Dios vivo, para los judíos.
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