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ANTONIO GARRIGUES DÍAZ-CAÑABATE,
UN HOMBRE PROFUNDAMENTE CREYENTE
ANTONIO Garrigues Díaz-Cañabate es
un hijo fiel de la Iglesia y cabeza pensante -y
bien pensante- capaz de transmitir su fe a los demás. Como
diplomático y político dejó su huella en las
Embajadas de Washington (1962-1964) y de la Santa Sede (1964-1972),
llegando más tarde a desempeñar la cartera de Ministerio
de Justicia en el primer Gobierno del Rey, Don Juan Carlos. Toda
una vida de experiencia, a través de la diplomacia, la política,
las finanzas, el ejercicio de la abogacía, sus libros y sus
escritos concisos y claros, en distintos periódicos y revistas.
En cuanto a sus experiencias religiosas..., de eso hemos venido
a hablar con él, aunque esta vez nuestra conversación
no aparece con la fluidez y la espontaneidad de otras «citas»,
pues hemos querido respetar la voluntad del señor Garrigues,
quien ha preferido revisar sus respuestas y tener un exquisito cuidado
principalmente en sus alusiones a la Iglesia.
- Yo nací en una familia católica,
me eduqué católicamente y viví la vida religiosa
normal de una familia de la época de mi nacimiento y mi juventud,
que era a principios y primer tercio del siglo actual. No tuve una
formación religiosa profunda, las lecturas y homilías
-no siempre afortunadas- de la misa y los libros corrientes de piedad.
Así viví la vida espiritual hasta mi matrimonio. Iba
a misa, cumplía con los preceptos religiosos, confesaba con
la frecuencia ordinaria, comulgaba también, pocas veces al
año como era entonces la norma... Y, naturalmente, en mi
juventud más avanzada, sufrí la influencia del pensamiento
agnóstico dominante de las cabezas pensantes destacadas,
tanto literarias como intelectuales y filosóficas.
¿Se refiere usted a la época de
la Institución Libre de Enseñanza y se sintió
usted influido por ella?
- No solamente por ella, pero respecto de la misma
tengo que decir que alguno de mis mejores amigos pertenecieron de
lleno a la Institución -lo que no fue mi caso-, pero creía
y creo que los valores humanos y morales que emanaban de la misma
eran muy valiosos y, aunque su espíritu no era ciertamente
católico, lo que no se puede decir es que fuera sectario,
porque muchos creyentes de la fe católica militaron en la
Institución sin problema alguno.
Sufrí, como he dicho, la influencia intelectual
del agnosticismo, muy extendido, y por citar un nombre representativo,
aludiré al de Ortega y Gasset, que por su gran cabeza pensante
y la magia de la literatura, al mismo tiempo que por su rechazo
del anticlericalismo y por lo que tenía de inteligente y
respetuoso con la Iglesia católica, su esfera de influencia
era muy penetrante. Sufrí también la influencia de
la literatura agnóstica, ya paganizante ya irreligiosa, como
el caso, por citar otro nombre, de¡ gran novelista que fue
Pío Baroja, así como el de la literatura extranjera
de ese mismo signo, como la francesa, la inglesa y la americana,
y sufrí del anticiericalisrno masónico, al advenimiento
de la República con la expulsión de los jesuitas.
Al que más conocí y traté de
los personajes políticos de ese momento histórico,
fue a don Fernando de los Ríos, que era un hombre profundamente
religioso, pero en la línea más avanzada de lo que
pudiéramos llamar el erasmisrno. Él sabía mi
condición de católico y lo respetó, por así
decirlo, religiosamente. Naturalmente que esa sociedad y ese mundo
de los años treinta me conturbó sobremanera, pero
sin que ninguna de esas corrientes o influencias llegara a erradicar
mi fe. Pasé una crisis fuerte, pero más superficial
que de fondo.
¿ Y entonces?
- En esas circunstancias llega a mi vida una mujer
de ciudadanía norte- americana que viene a España,
donde yo la conozco y con la que contraiga matrimonio mixto, porque
ella era de religión protestante. No que ella misma fuera
muy religiosa en esa denominación, pero sí lo era
su madre y lo era su familia. En aquella época había
una gran enemistad entre católicos y protestantes, y más
aún, un antagonismo recíproco.
Es decir, don Antonio, que las cosas se pusieron
un tanto difíciles para ustedes...
-Ella quiso hacerse católica por estar más
unida a su marido espiritualmente. Yo la puse en contacto con sacerdotes,
personas y laicos de gran religiosidad, pero el efecto fue más
bien contraproducente. No hubo suerte o no era ése el camino,
y la situación se mantenía en esa tensión entre
el deseo de m mujer de hacerse católica y la imposibilidad
de hacerlo contra lo que seguís siendo tan contrario a su
manera de ser y de sentir.
¿Y qué hicieron ustedes para abandonar
ese callejón sin salida?
- Entonces ocurrió un fenómeno sumamente
importante en nuestras vidas. Fuimos los dos un domingo a la Cuesta
de Moyano, a ver libros viejos, y allí encontramos una edición
muy bonita del siglo XVIII de la «Vida de Santa Teresa»,
que compramos más como libro que como obra. Al volver a nuestra
casa, yo entré en mi despacho y ella se quedó en la
terraza ojeando la obra comprada, como se suele hacer cuando llega
a nuestras manos un nuevo libro. Y al poco tiempo -no podría
decirlo con exactitud, pero digamos que no más de un cuarto
de hora o media hora-, ella vino al cuarto donde yo estaba, como
dicen los franceses «fondue en larmes», es decir, inundada
en lágrimas, diciendo que en Santa Teresa había visto
la fe en la Iglesia de Cristo, como una luz que disipaba y vencía
toda su resistencia y oposición a la fe católica,
que había sentido la presencia y la llamada de Dios, que
quería bautizarse, que quería entrar en la Iglesia.
¿Pensaban ustedes separarse cuando más
unidos estaban?
- Estas cosas ocurren en la vida de la fe y, como
dice de¡ amor el poeta, «quien lo probó lo sabe».
Son cosas que parecen extraordinarias y milagrosas, pero, en el
fondo, en las formas más humildes y sencillas y habituales
de la fe religiosa, este «encuentro» con Dios se está
produciendo constantemente, y mientras no se llega a él la
fe es cosa muerta.
Es, sin embargo, difícil el contar y publicar
estos acontecimientos religiosos, porque se pudiera decir que escandalizan
no ya a los incrédulos, sino a muchos creyentes y, en verdad,
es que son cosas del amor y el amor es pudoroso. Pero yo no hablo
de mí mismo, aunque ciertamente era mi otro yo y que mi mismo
yo fue beneficiado de esa vivencia tan personal, ratificada con
Pablo cuando leímos en «Romanos»: «Cada
uno permanezca en el estado en que se encuentre cuando fuere por
Dios llamado». Y nuestro estado era el de casados.
¿Quiere decir que su mujer aceptó
que sólo en la Iglesia católica está la verdad?
- Está la plenitud de la verdad religiosa.
Pero el Concilio Vaticano II ha recordado que no ya en las otras
denominaciones cristianas, sino en otras religiones puede haber
y hay caminos, normas de vida y esperanza y diversas formas de participar
en la Verdad; especialmente en el Islam, con su Dios único,
clemente y misericordioso y el profetismo de Jesús y la virginidad
de María, y sobre todo con el judaísmo, que ha recibido
la revelación y la antigua Alianza y que es el buen olivo
en el que se han injertado las ramas del olivo silvestre, que son
los gentiles, y finalmente, ha traído a recordación
que la Iglesia cree que Cristo reconcilió por la cruz a judíos
y gentiles y que de ambos hizo una cosa en sí mismo.
¿Cómo se debe entender la relación
entre la jerarquía y los fieles?
- La Iglesia católica es jerárquica
y este carácter es irrenunciable por ser consustancial a
ella. Está pastoreado por sus pastores; estos pastores tienen
que ser semejantes al Supremo Pastor, es decir, «el Cordero
de Dios que quita los pecados del mundo» y que protagoniza
el Apocalipsis. Este pastoreo «sui generis», por el
Cordero de Dios y sus mandatarios, es el que caracteriza la Iglesia
católica fundada en la roca de Pedro, Petrus, es decir, en
la triple afirmación del supremo amor de Pedro al Fundador
de su Iglesia.
¿La roca o el amor?
- En efecto, Cristo funda su Iglesia sobre la roca
de Pedro, pero es la roca de su amor, porque nada es más
fuerte que el amor. Se dice su porque Cristo no funda «la»
Iglesia, sino su Iglesia. Es cierto que católicamente se
quiere decir lo mismo en ambas formas, pero hay que subrayar la
forma posesiva, y que la fe de los católicos descansa en
que su Iglesia, la de Cristo, es la católica.
Pero ¿sólo el amor o hay que cumplir
también los mandamientos de la Iglesia?
- Sí, pero sólo el que ama puede cumplirlos
y, si se cumplen sin amor, aunque se llegue a los actos más
heroicos --como dar todo el dinero a los pobres, como alcanzar la
sabiduría mundana más alta, como echar el cuerpo a
las llamas, como se dice en el famoso texto de San Pablo en la Primera
Carta a los Corintios- ese cumplimiento desamorado viene a ser como
agua derramada, nada. Cristo ha venido no a fiscalizar cómo
el ser humano cumple los mandamientos, sino a dar su vida para que
pueda cumplirlos; en esa primera venida no se ha encarnado para
juzgar al mundo, sino para salvarle, para hacer posible que el hombre
vuelva a nacer y renazca y tenga una nueva vida, y así pueda
dejar que «los muertos entierren a sus muertos».
¿Hay crisis, en otras palabras, enfrentamientos
entre evolucionismo e involucionismo en la Iglesia actual?
- Lo que hay es consecuencia de lo que ha habido:
un Concilio Ecuménico trascendental en la historia conciliar
de la Iglesia. Un Concilio no empieza cuando se inicia, sino cuando
se cierra, como una vida humana no empieza cuando se engendra, sino
cuando se da a luz. El Vaticano II, según expresión
del que iba a ser Pablo VI, había abierto las puertas y ventanas
de la Iglesia al mundo. Esto es verdad, sobre todo, en la Gaudium
el spes, pero ese abrirse, ese acercarse a la vida real, ha tenido,
tiene y tendrá varias lecturas porque es un mensaje profundo
y complejo.
No es una guerra de buenos y malos, ante todo porque
no es una guerra, sino una tensión y tensiones que existen
en la sociedad civil, que existen en los hombres y mujeres de este
fin de siglo, con cambios profundos en la fe y las costumbres profanas,
que se reflejan poderosamente en la fe y las costumbres religiosas.
Las consecuencias de la última guerra, la nueva Física,
la nueva Biología, la potenciación de los medios de
comunicación y de los transportes; la emancipación
de la mujer; todo esto y otras cosas han originado una transmutación
de valores que exigen un nuevo traje para la humanidad, para el
hombre, un ser en el fondo siempre igual a sí mismo.
¿ Y en consecuencia?
- Ser cristiano es vivir estas tensiones de la Iglesia
con la libertad de los hijos de Dios, desde dentro de ella y no
fuera ni contra de la misma. Que la Iglesia está en crisis
y en peligro de muerte se ha dicho desde que existe y la realidad
es que tiene sus malos y buenos momentos como todas las cosas vivas;
pero la realidad también es que está escrito que «las
puertas de¡ infierno no prevalecerán contra ella».
La relación entre Dios y el hombre es un misterio
y el misterio es una luz, no física, como la que viene del
Sol, sino una luz que viene de lo más profundo y que ilumina
cosas del corazón del hombre que la razón no comprende.
Entrevista
y foto publicada en la revista Vida Nueva, 3-VI-89.
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